Posteado por: Cotonito | 2 abril 2009

El Circo nacional: una ilusión de adultez

Los circos de nuestra imaginacionPocos recuerdan la maravillosa fantasía de los payasos, la ferocidad de los leones o la belleza de las bailarinas. Años atrás dejó de importarnos. Hace décadas que algunos no pisan las entrañas de un circo. Y al acercarse, con sus hijos probablemente, sienten más pena que nostalgia, más impresión que alegría, más vergüenza que admiración. Pero hay algo más doloroso aún, al acercarse a un circo nacional, una pregunta que todos se han hecho: qué pasa cuando las luces están apagadas, cuando son simples mortales.

Al ingresar, con cada paso, la sensación de estar en este lugar en el momento equivocado, se va haciendo latente. No hay maquillajes, no hay trajes ni brillos, no hay carcajadas, no se escuchan piruetas, aplausos o gritos de niños. A plena luz la real dimensión de los humildes circos nacionales está más presente que nunca. Se hace difícil escapar a la secreta intuición de que se está ante una función equivocada: no son verdaderos los escalones y graderías, no es real el techo, aquellos no son los artistas…dónde se fueron las maravillas de los circos de la niñez.

Al interior del circo sin vida la magia se desmorona. De día, hasta los últimos recovecos se ven distintos. No hay más imagen idealizada: payasos que, entre gritos y caídas, no paran de hacer reír. Malabaristas que se roban la película como verdaderos pulpos con hilos invisibles en los tentáculos. Esa fantasía en la que el trapecio se parece más a las olimpíadas que otra cosa… se esfuma. Embarga la tristeza.

Atrás quedaron los dioses y diosas que engalanaban al circo. Los magos ya no son mágicos; se volvieron mecánicos personajes que hacen una y otra vez lo mismo. No son imponentes señores con su traje lleno de sorpresas. No hay leones, osos, perros, tigres ni monos: pero ni siquiera ellos podrían endulzar la sensación de pérdida. Algo se pierde y da vueltas en la cabeza.

Entonces, lo irreal es el lujo, la ilusión, la maravilla. Los rayos del sol se cuelan por las desgastadas costuras de la carpa circense, asientos que se salen de su lugar, piso de tierra y está repleto de piedras. Más parece un lugar de ensayo y entrenamiento que el sitio donde hombres vuelan, se contonean bellas mujeres, rugen poderosas fieras o gritan distraídos payasos.

Es doloroso pensar que la inocencia con que veían el espectáculo ya no está. Una vez que se conoce la verdad: artistas decadentes, con lesiones, dolores y vidas peculiares. De sueños no concretados. De copas de más. De administradores que controlan todo, que no permiten que este mundo se conozca, para no perder cuenta del dinero.

Y aunque la magia se ha muerto y una cachetada de adultez –con más olor a “vejez”- pega en la cara todavía hay un secreto anhelo de que la noche lo cambie todo. Que los recuerdos sean más fuertes. Pero al comenzar la función las pocas expectativas van desapareciendo: no, definitivamente no es lo mismo. Nada de lo que antes era excitante lo es. Todo parece vivido con anterioridad, un recuerdo que alguien tuvo alguna vez: la magia no ha regresado. Simplemente se esfumó.

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