Posteado por: Cotonito | 29 abril 2009

“¿Va-al-Paraíso?”

 

 

 

Pequeño espacio. Poca luz. Madera en cada dirección que se mira. De pronto un temblor da paso al movimiento. La montaña se viene encima, mientras por la ventana transcurre el centro del Gran Valparaíso. Cuesta arriba, el entorno que todavía tiene algo de puerto, de inmigrantes, de magia.

Las calles son estrechas, angostas, rayadas. Todos los colores imaginables se reúnen en este escenario de antigüedad: casas viejas, descoloridas, raídas. Maderas rasgadas, barnices desteñidos, olores de antaño. Y una vista que sólo se encuentra aquí…el Cerro Concepción pareciera ser el retrato de otra época, otro mundo, otra historia.

 Aquí la luz se transforma. Las ventanas de colores, las rejas y postigos abiertos dan la sensación de vida, pero aquí no hay nadie más que la curiosidad de extranjeros que entre alemán, francés y portugués quieren decir que es un espectáculo maravilloso. Puertas navales, picaportes oxidados, anchas entradas, escaleras y el contacto con los dueños y señores de este cuento: los porteños.

Las escaleras, las subidas, las bajadas, los recovecos, los pasillos, los vidrios rotos y los gatos son de todos los días. Lo extranjero parece haberse colado, pero no hace siglos sino ahora: los hoteles y posadas, restaurantes y bed & breakfast están en cada esquina, en cada calle. Las tiendas de regalos ya no son exclusividad del centro y siempre están llenad de turistas ávidos de llevarse un poco de esta singular forma de vida.

Pero sabemos que esto es más. Que Valparaíso guarda mucho más que lo que se ve a simple vista: tras esas rejas, ventanas y puertas hay una vida que pasa inadvertida ante los ojos del visitante. Las subidas y bajadas de cerro han templado el carácter de quienes viven en este lugar. No es fácil vivir en el puerto, no debe ser simple encumbrarse todos los días como si de un volatín se tratara.

Sin embargo, esta ciudad es todo eso: subir bajar, convivir, un amasijo de gentes diversas, de costumbres opuestas. Una postal de ropas secando al viento de los grandes ventanales. Casas tan antiguas que hasta su aroma recuerda al pasado. Escaleras tan empinadas y eternas que es más fácil usar el ascensor. Ventanas en el piso como si se tratase de otro planeta, pórticos con adornos y diseños.

Y quizás todo ello sea lo bello, pero también lo primero en desaparecer. Cada día más, y sin que puedan evitarlo, este bello lugar se está convirtiendo en el célebre recuerdo de lo que alguna vez fue. Lo están recuperando –es cierto- pero quiénes lo están haciendo. Sólo sus dueños pueden hacerlo, sólo quienes conocen cada rincón de este lugar. Pero ellos no pueden hacer nada, se los comió la modernidad, los turistas los han invadido y aún así no quieren que les roben lo suyo, no quieren entregar lo que de una u otra forma construyeron, en fin, no quieren perder el encanto de llamarse… “¿Va-al-paraíso?”

Por algo Neruda lo amaba tanto….

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